González Goyri habló sobre Carlos Mérida
Desecha lo superficial para quedarse sólo con lo esencial… Del mismo modo, los valores formales, la calidad plástica, aumentan: su línea se vuelve fluida, más sensible, sus formas se simplifican y reducen a un diseño elemental.
Yuxtaposiciones dinámicas con un sentido innato del ritmo se introducen en lo hasta ahora estático. Aparecen reminiscencias arqueológicas del poder, signos mágicos, intrigantes elementos gráficos de una obra plástica primaria…
En los años 50 y 60 la obra de Mérida se vuelve arquitectónica. Se interesó “en el arte integrado”, es decir, el arte como parte integral de un todo arquitectónico más grande.
A través de la reducción geométrica transforma las figuras indias en sus pinturas. Se vuelven tan monumentales como la arquitectura que los rodea sin perder nada de su delicada línea y texturas.
En la década de los 70, el trabajo de Mérida como abstraccionista alcanzó su cénit. Su pintura conserva la vitalidad del color (rojo, azul, marrón, turquesa y naranja) pero las formas se vuelven aún más rectilíneas.
Estas pinturas, con sus llamativos ritmos compositivos, rivalizan con lo mejor de Mondrian y Klee por la pura belleza de la estructura formal.
Hace sesenta años, Mérida fue pionera en una nueva dirección para la pintura en México y América Latina. Integró el arte moderno y su herencia precolombina. Mérida hizo posible esta convergencia al romper con el muralista.
Desde entonces, sus elegantes abstracciones han influido en generaciones de artistas. Quizás Paul Westheim describió mejor a Carlos Mérida cuando dijo: “su pintura es música para los ojos de sutil delicadeza”.